La nueva historia de Marcelo Birmajer: La pastelera

Durante años, Natalio había recordado a Sibara, la pastelera. En rigor, Sibara era la hija de los panaderos, en la remota localidad de la que ambos provenían. Al menos, de la que Natalio había emigrado apenas terminado el secundario, como tantos otros jóvenes de Coderenco, ese rectángulo verde, entre la pampa y el fin de la provincia, con vacas invisibles y estancias interminables, donde era imposible encontrar una parrilla y en el río -dique, estanque, lago, arroyo (la denominación cambiaba con los años)-, se bañaban los ancianos y jóvenes desconocidos que, en lugar de abandonar el sitio natal, llegaban desde rincones inimaginables.

Una vez, Natalio había descubierto bañándose en las aguas incoloras del charco a un danés con dos mujeres. Sibara aparentemente también había aterrizado en Capital. Pero cuarenta años después que Natalio. Hasta donde Natalio podía atestiguar.

El reencuentro se había dado como planificado por un guionista de juegos de mesa biográficos. No en el tablero de una vida extraordinaria, sino con algunos avances fugaces, entre la coincidencia y el milagro discreto, como una buena tarjeta de El Estanciero.

Apenas llegado a Capital desde Coderenco, había conseguido trabajo como traductor en una casa de electrodomésticos, para adaptar al español argentino las instrucciones de licuadoras, batidoras, procesadoras, planchas, lavarropas. La natural inclinación de Natalio a la lectura del inglés se había combinado con la aparición inesperada, en un colectivo de la línea 95, de un señor sexagenario al que le quiso ceder el asiento. Natalio estaba leyendo en inglés a un autor clásico.

-El que va leyendo -respondió el señor-, merece el asiento.

Trabaron una conversación casual y el señor le extendió su tarjeta, invitando a visitarlo si buscaba trabajo. Esa clase de milagros, escasos pero significativos, habían definido la vida Natalio. No era un Space Invaders o Thriller, sino un Juego de la Oca con mojones de entusiasmo. Una casita robada con sorpresa. Un chinchón con alharacas esparcidas y espaciadas. El despliegue de su existencia a gran escala era una niebla gris de soledad y hastío.

La fábrica y casa de venta de electrodomésticos, en manos de sus herederos, había hecho el recorrido inverso al de tantos emporios comerciales: acabó siendo una importadora, distribuidora y editora de libros en inglés; también de discos.

Natalio continuó su trabajo como traductor, pero dentro de un plantel de muchos otros, profesionales. A Natalio sólo le reportaban los libros de autores muertos. Así se llamaba su “departamento” en la empresa: la oficina de autores muertos.

Allí mismo había conocido a Facunda, cuando ambos contaban treinta años, se habían juntado, se habían casado. Tras treinta años juntos, con un déficit emocional y sensual profundo en detrimento de Natalio, habiéndole negado las flores de su juventud y la generosidad de la pasión, Facunda había muerto en pocos meses de una enfermedad irreversible. Natalio no se sentía menos solo que cuando ella vivía. La peor parte de aquella ordalía había sido participar del velatorio y el entierro rodeado de parientes políticos. Ya no existía la empresa y Natalio subsistía con ahorros, una renta y extrañas clases de acompañamiento en inglés para viajeros argentinos.

A Sibara la había visto desnuda cuando ambos contaban quince años, en el arroyo de marras. Sólo de la cintura para arriba. Le había parecido tan abundante, sabrosa y tentadora como la crema pastelera. A diferencia del café, o el tabaco de pipa, cuyo aroma superaba infinitamente al sabor; la crema pastelera le parecía menos empalagosa y más agradable al paladar que su apariencia. Sin probarla, jamás la hubiera deseado.

Los colores y las proporciones de Sibara se le habían grabado en la memoria como la marca del ganado. Evidentemente, la chica sólo había ido a darse un chapuzón en un horario desolado, y Natalio apenas si se había acercado para orinar al aire libre, pensando lo mismo, en completa soledad, aliviarse mirando ese instante del cielo en el que coincidían el sol y la luna.

Sibara emergió del fondo del charco como la hembra del Nahuelito, y Natalio guardó violín en bolsa y salió corriendo como si hubiera hecho algo malo. La escuchó reírse, o quizás solo sonarse, a sus espaldas.

Los siguientes tres años se cruzaron, como siempre en el pueblo, sin hacer referencia al episodio. Pero Natalio no podía dejar de pensarla cada vez que se pedía una medialuna, un vigilante o una bola de fraile, con crema pastelera. Sibara invariablemente lo atendía al mostrador, con una mirada entre perdida e intensa; mientras los padres trabajaban en el horno y las mesas del fondo del local, o hacían cuentas en un cuadernillo con una birome atada con un piolín.

A los 18, Natalio desertó a Capital. Habían pasado cuarenta cuando volvieron a verse. Natalio, bañado y perfumado, trajinaba una calle porteña, perdida en un barrio bucólico, al encuentro de la señorita Gladys, con quien había intercambiado simpatías por ser la portera del domicilio de uno de sus clientes.

En ese reencuentro con Sibara, la muchacha era ahora una señora, coetánea de Natalio, lo reconoció ipso facto y lo invitó a subir a su casa. Lo mismo que si acabara de emerger del río. Pero Natalio, como en un tango, distinguió en el rostro de Sibara los avatares del tiempo, y en el descuido de su blusa el azote del desencuentro entre la memoria y los hechos.

No obstante, la insistencia para que subiera hizo mella en el varón. Cuatro veces le dijo Sibara: subí, mis padres no están, tengo el… (era el nombre del artefacto para rellenar, pero Natalio no podía recordarlo, ni si ella lo había dicho en inglés), de crema pastelera…

Natalio le pidió disculpas, y le dijo que se comunicaría. Pero olvidó, también, o no quiso, o ella no quiso, pedirle el número de teléfono, intercambiar algún tipo de dato. Tampoco registró exactamente la dirección, ni sabía el piso. Sólo no quería llegar a lo de Gladys tarde o mal preparado.

La cita con Gladys no estuvo bien ni mal. Un clásico del Natalio prosaico. Pero esa noche le asaltó el deseo de aceptar la invitación de Sibara. No por su aspecto: lo soliviantaba la insistencia de la pastelera en que subiera, que sus padres no estaban. Ese ruego repetido, con mohínes como bocetos tardíos. Esa invitación lo azuzaba. Incluso más que la viñeta de 45 años atrás con esa piel blanca y rosada y esa opulencia en flor.

Finalmente realizó el viaje más peregrino de toda su carrera como botarate. Regresó, por primera vez desde los 18 años, a Coderenco, para ver si alguien tenía el teléfono o las señas de Sibara en Capital. ¿De qué otro modo, si no, podía conseguirlo?

Lo recibió el viejo Jofre, en la pulpería del pueblo. Naturalmente debía ser el hijo o el nieto del original, pero no se apartaba un ápice. Si no fuera por el paso del tiempo, Natalio hubiera apostado todo a que era el mismo. Pero este Jofre se puso pálido, como el original no lo hubiera hecho, cuando le preguntó por Sibara.

-La pastelera -abundó Natalio-.

-Sí, sí -refrendó Jofre-. Ya sé por quién me preguntás. Pero ella no era pastelera, ni panadera. Los padres eran.

Natalio aguardó un instante, porque el viejo parecía haber perdido el aire.

-Hace unos veinte años atrás, asesinó a los padres. Los envenenó con crema pastelera y el cebo para las ratas. Después los… No lo quiero ni decir. Estuvo presa no sé cuánto tiempo en Sierra Chica. No sé si la mataron o se suicidó. Siempre me pareció un monstruo.

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