La irrupción de la inteligencia artificial transforma el acceso al conocimiento y plantea un replanteo del rol docente en las aulas santafesinas.
En una era donde el conocimiento es abundante y la tecnología responde antes de que se formule la pregunta, el gran desafío educativo ya no parece ser transmitir información —que se encuentra en exceso y en todos lados—, sino desarrollar el pensamiento crítico y acompañar procesos que refuercen el sentido humano del aprendizaje. Hoy la educación atraviesa un punto de inflexión a causa de la irrupción de la inteligencia artificial (IA).
La IA está transformando la forma de acceder al conocimiento y, con ello, desafía el rol tradicional del docente. Lo que antes parecía ciencia ficción —consultar cualquier tema desde un teléfono y obtener una respuesta inmediata— hoy forma parte de la vida cotidiana de estudiantes de todas las edades. Desde Rosario, se viene explorando y difundiendo el impacto de la inteligencia artificial en los procesos educativos, observando cómo su desarrollo obliga a repensar la enseñanza.
Durante siglos, el conocimiento fue patrimonio de unos pocos. La imprenta lo democratizó, luego internet lo masificó sin fronteras, y ahora la IA lo volvió prácticamente inagotable en términos de consulta y velocidad. En este escenario, el conocimiento se ha convertido en una commodity que abunda en todas partes y, por ende, su valor puede devaluarse. La acumulación de información ya no parece ser lo importante: hay que agregarle valor, saber interpretarla, contextualizarla y utilizarla de manera crítica.
En este contexto, el docente enfrenta un desafío histórico: dejar de ser el custodio del saber para convertirse en guía y tutor del aprendizaje. Llevarlo a la práctica se complica. No todas las materias son iguales, y no todos los docentes están preparados, ni psicológica ni pedagógicamente, para soltar un rol y asumir otro. Si a esto se le suma la falta de motivación producto de los bajos salarios o de la ausencia de incentivos, el ideal se vuelve aún más difícil de alcanzar.
El modelo basado en la transmisión vertical y unilateral pierde cada vez más sentido frente a estudiantes que pueden llegar al aula con información previa, luego de haber explorado videos, plataformas educativas, múltiples fuentes y herramientas de IA generativa. Sin embargo, las aulas también están llenas de estudiantes apáticos, con dificultades crecientes para sostener la atención, inmersos en una lógica de consumo inmediato en la que todo lo que exige tiempo, pausa o esfuerzo les resulta lento y aburrido.
Aunque exista el temor de que el rol docente pierda relevancia, e incluso circulen predicciones que anuncian un reemplazo total de su tarea en el futuro, se trata de una oportunidad para que suceda exactamente lo contrario: en este nuevo escenario, el docente puede volverse todavía más estratégico, más necesario y más indispensable. La educación actual —y la del futuro cercano— necesita profesionales capaces de acompañar procesos, orientar búsquedas, estimular el pensamiento crítico y desarrollar habilidades profundamente humanas e irremplazables, como la empatía, el criterio ético, la sensibilidad pedagógica, la capacidad de contención y la lectura del contexto.
Las potencialidades son enormes. Hace ya mucho tiempo que los educadores estudian teorías como las inteligencias múltiples de Howard Gardner y la pedagogía centrada en el estudiante de Carl Rogers. Ambas llevan décadas señalando la importancia de atender la diversidad y personalizar el aprendizaje. Hasta ahora, esa aspiración chocaba contra límites estructurales, físicos y de tiempo: la realidad del aula no lo permitía. Sin embargo, hoy la tecnología empieza, por primera vez, a volverla viable. Google, por ejemplo, está experimentando con “Learn Your Way”, una herramienta que recibe el material estándar y ajusta sus contenidos y ejemplos a los intereses, necesidades y estilos de cada estudiante.
En paralelo, referentes como Michael Fullan impulsan modelos de aprendizaje profundo, donde pensamiento crítico, creatividad, colaboración y metacognición son pilares esenciales. La IA no debería desalentar ni atemorizar al docente, porque eso generaría una actitud de rechazo en lugar de una postura de adaptación y aprovechamiento. Por ejemplo, un profesor puede preparar sus clases con ayuda de la IA, optimizando tiempo y recursos, y dedicar más energía a la interacción humana con sus alumnos.
