La rosácea es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel que provoca enrojecimiento persistente en el rostro. Conocé sus síntomas, factores desencadenantes y opciones de tratamiento.
La rosácea es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel, que se caracteriza por un enrojecimiento persistente centro facial. Por su carácter visible, puede impactar de manera significativa en la calidad de vida y la autoestima de quienes lo padecen.
«La rosácea afecta a ambos sexos, aunque tiene un leve predominio en mujeres y suele presentar formas más severas en los hombres. Es más común en personas de piel clara y si bien puede aparecer a cualquier edad es más frecuente que comience entre los 30 a 50 años de edad», indica la María Alicia Savoré, médica dermatóloga, jefa del Servicio de Dermatología de Grupo Gamma.
Se desconoce la causa, su patogenia es multifactorial y están involucrados diversos factores que contribuyen a un estado inflamatorio crónico, dentro de los cuales se destacan:
- Predisposición genética
- Alteraciones en la respuesta inmunológica
- Desregulación neurovascular
- Alteración de la barrera cutánea
- Cambios en la microbiota de la piel
- Posible influencia de la microbiota intestinal
Asimismo, la especialista señala que existen distintos factores capaces de intensificar o desencadenar los brotes de rosácea. Entre los más frecuentes se encuentra la exposición a fuentes de calor como el sol, la calefacción, el vapor o los saunas, así como también las condiciones climáticas extremas, especialmente el frío intenso, la nieve y el viento.
Por otro lado, factores emocionales y hábitos cotidianos también pueden influir. El estrés, la ansiedad y el ejercicio físico intenso suelen actuar como desencadenantes. A esto se suman ciertos alimentos y bebidas, especialmente aquellos muy calientes, además del consumo de alcohol, chocolate y cigarrillo. Algunos alimentos como el tomate y los cítricos también pueden agravar los síntomas en pacientes sensibles. Además, determinados medicamentos —entre ellos vasodilatadores, tratamientos oncológicos, retinoides y corticoides— pueden empeorar el cuadro.
Los criterios diagnósticos se basan en fenotipos: eritema persistente centro facial, cambios fimatosos, eritema transitorio flushing, pápulas y pústulas, telangiectasias y compromiso ocular. También pueden presentarse quemazón, escozor, hormigueo, edema, sequedad y sensación de tirantez.
La especialista advierte que no todo cuadro de rubor facial corresponde a rosácea. Existen patologías como lupus eritematoso, dermatomiositis, acné, dermatitis seborreica o atópica y demodicosis que deben ser descartadas. Además, la rosácea puede estar asociada a diabetes tipo 1, tiroiditis, artritis reumatoidea, enfermedad de Sjögren, enfermedad celíaca, enfermedad de Crohn y esclerosis múltiple, así como a factores cardiovasculares y trastornos neurológicos.
Si bien la rosácea no tiene cura definitiva, existen múltiples estrategias para controlar los síntomas: modificar hábitos, evitar desencadenantes, rutina de cuidado de la piel con productos suaves, hidratación adecuada, uso diario de protector solar y evitar productos irritantes. El tratamiento médico puede ser tópico, sistémico o láser, siempre indicado por el dermatólogo.
«La rosácea es mucho más que un enrojecimiento facial. Es una enfermedad crónica, frecuente y tratable, que requiere un diagnóstico precoz y un manejo adecuado para mejorar los síntomas, prevenir la progresión, y sobre todo, mejorar la calidad de vida del paciente», concluye Savoré.
