Entre los ’80 y los ’90, la serie protagonizada por Larry Hagman y Patrick Duffy impuso el modelo de inescrupulosa familia corporativa en el consumo popular.
Entre los ’80 y los ’90, la serie protagonizada por Larry Hagman y Patrick Duffy impuso el modelo de inescrupulosa familia corporativa en el consumo popular.
Familias poderosas y disfuncionales. Dinastías con los bolsillos abultados y las manos sucias. Imperios corporativos basados en la traición más que en los negocios. Si Yellowstone y Succession sumaron millones de seguidores en el mundo es porque en los ’80 hubo un programa que modificó la historia de la televisión.
Protagonizado principalmente por Larry Hagman y Patrick Duffy, Dallas empardó el éxito económico-financiero con las bajezas éticas, los manejos turbios y las componendas políticas. Durante 14 años, J.R. Ewing corporizó la figura del moderno magnate capitalista: un tipo manipulador, carismático e inescrupuloso, adicto al exceso y la desmesura. Las mismas características que, dentro y fuera de la ficción, llevaron la serie a la gloria total y al fracaso estrepitoso.
La Pesadilla Americana
Cuatro matrimonios. Amigos y vecinos, compartiendo tiempo y charlas en una calle cualquiera de Los Ángeles. Se conocen tanto que ya saben sus gustos, sus deseos y sus problemas. La idea era abordar el efecto de la rutina en la vida cotidiana marital, antes, durante y después de la crisis y el divorcio. Una versión libre de Escenas de la vida conyugal de Ingmar Bergman, desgranando cada semana una reflexión puntual sobre la pareja, el sexo, la convivencia, la soledad, la crianza de los hijos, la dependencia económica, la reconversión del amor en cariño.
Corría 1977 y David Jacobs estaba reunido con los directores de Lorimar Television. Periodista ocasional, investigador y escritor de enciclopedias, Jacobs había acercado el piloto de Vecinos y amigos a la productora después de estudiar en profundidad las razones que habían consagrado al producto estrella de la casa, la serie de TV Los Walton, drama histórico familiar que arrasaba con el rating, el aplauso del público y el favor de la crítica. «Les encantó mi manera de escribir -recordó Jacobs-, pero me rechazaron el proyecto de inmediato. No les atraía el costumbrismo intimista, estaban buscando una saga capaz de definir la coyuntura sociopolítica del país. Y me dieron una semana para que desarrollara una nueva propuesta».
En la cabeza de Jacobs, «saga» era sinónimo de «western». Pero él sentía que los Estados Unidos del momento ya no eran los de Bonanza o las películas de John Wayne y John Ford. «La tierra de la Libertad y el Progreso, forjada en el trabajo duro y férreos valores morales; no encajaba con la historia que nos mostraba el caso Watergate, la humillación de Vietnam o la segregación racial -afirmó-. El prestigio, el dinero y el poder ya no eran el resultado de un proceder patriótico, honorable y solidario con la comunidad, sino de conductas reprobables, maniobras ilícitas y descaradas manipulaciones políticas. Si no podía usar al western para representar la modesta grandeza del Sueño Americano, entonces podría utilizarlo para mostrar la obscena opulencia de la Pesadilla Americana».
En vez de cowboys recios y honestos, la premisa enfocaba las relaciones personales y comerciales entre dos inescrupulosas familias industriales. Y en lugar de la ocupación de las tierras pertenecientes a las tribus indoamericanas, la trama estaría centrada en la explotación vertical y horizontal de esos territorios. «Era una especie de Romeo y Julieta ambientado en Dallas -definió Jacobs-, con el amor y el dinero puestos permanentemente en jaque por el devenir de los negocios petrolero y ganadero. En un momento en que las dinastías Ewing y Barnes, enfrentadas por décadas, se unían forzosamente por el matrimonio de sus hijos más jóvenes».
A los directivos de Lorimar, la propuesta no les pareció gran cosa. Pero como les interesaba contar con la capacidad creativa de Jacobs para generar nuevos productos, decidieron darle una oportunidad. En concreto, una miniserie de cinco episodios a emitirse los sábados por la noche, un horario históricamente amesetado para la televisora. Todo comenzaba con el regreso a casa del hijo pródigo de los Ewing, el altruista Bobby (interpretado por Patrick Duffy, que venía de estelarizar El Hombre de la Atlántida), unido en matrimonio con la hermosa y misteriosa Pamela Barnes (Victoria Principal). Juntos, deberían intentar mediar entre el odio ancestral que enfrentaba a sus familias. Del lado de Bobby, sus padres Jock y Ellie (Jim Davis y Barbara Bel Geddes), su amoral y manipulador hermano J.R. (Larry Hagman, famoso por su papel protagónico en Mi bella genio), su alcohólica cuñada Sue Ellen (Linda Gray); y su descarriada sobrina adolescente Lucy (Charlene Tilton), hija de Gary Ewing, el hermano del medio que había huido del rancho familiar. De parte de Pamela, su vengativo hermano, el magnate y abogado Cliff Barnes (Ken Kercheval).
Entre enredos de alcoba y delirios de espionaje industrial, lobbies políticos y venganzas pasionales, los Ewing y los Barnes intentaron separar a los tortolitos sin éxito. Contra todo pronóstico, Bobby y Pamela no sólo continuaban juntos, sino que además estaban esperando un hijo. Pero la tragedia llegó justo sobre el final. Después de una fuerte discusión con un ebrio J.R., Pamela sufre un accidente y pierde al bebé. Con todos los lazos vinculares rotos, la historia cerraba dejando más preguntas para el futuro que respuestas sobre el presente.
Del 2 al 30 de abril de 1978, Dallas ocupó la pantalla de CBS. La respuesta fue superior a la esperada. Muy superior. Tanto, que la cadena le encargó a Lorimar la continuación en formato de serie semanal. «Me pidieron una vuelta de tuerca que aumentara y multiplicara los conflictos internos de los personajes -confió Jacobs-. ¿Qué podía ser más dramático que Shakespeare? La Biblia».
Caín y Abel
A la hora de recrudecer el tono dramático, Jacobs puso en segundo plano el melodrama romántico para enfocar de lleno la rivalidad fraterna de los Ewing, habitada por los celos, la envidia y la tragedia. «Sólo adapté la alegoría de Caín y Abel -aseguró-. El conflicto moral, encarnado en los enfrentamientos entre J.R. y Bobby, representaba la fractura expuesta en el seno de la familia, las oficinas gerenciales de las empresas y el corazón del país».
Bajo el paraguas general del resentimiento, la serie se lanzó hacia una espiral creciente de soberbia, orgullo y violencia desatadas. Mientras la empresa Ewing se dedicaba a facturar millones en base a negociados, chantajes, mentiras, calumnias, sobornos, irregulares negocios urbanísticos, tráfico de influencias y financiamiento ilícito de campañas políticas, el entramado familiar estallaba a causa de escándalos éticos y sexuales, infidelidades, traiciones, engaños, adulterios, bigamias, triángulos amorosos, divorcios, embarazos buscados y no deseados, abortos espontáneos e inducidos, trastornos mentales, asesinatos reales y muertes fraguadas. Y como si todo esto fuera poco, también se sumó la aparición física de Gary Ewing y Valene Clements (David Ackroyd y Joan Van Ark), padres de Lucy y accionistas de la petrolera en disidencia con las prácticas corporativas de J.R.
A pesar de este atractivo combo telenovelesco, Dallas no terminaba de despegar. Dispuesta a no tirar la toalla, CBS empezó a mover la serie dentro de su grilla de programación. Del sábado pasó al domingo, donde tuvo un importante repunte. Y del domingo se trasladó a los viernes, donde explotó hasta transformarse en uno de los programas más vistos de la televisión estadounidense. Y por una única razón: J.R. Ewing.
Con una copa de bourbon en la mano y esbozando su cínica sonrisa bajo el ala de su sombrero vaquero, Larry Hagman supo concentrar en su actuación lo peor de la condición humana y lo mejor de la serie. Carismático, maquiavélico, déspota, mujeriego y brillante para los negocios, J.R. patentó la avaricia y los excesos que definirían al magnate capitalista de las salvajes décadas de los ’80 y ’90. Con su solvencia escénica, Hagman acuñó al icónico personaje que colonizó las teleaudiencias del mundo entero; y facilitó la aparición de los antihéroes complejos y moralmente grises que pululan por el entretenimiento contemporáneo.
«Cualquier persona puede identificarse con J.R. -aseguró Hagman-, porque todas tienen a un tipo de esa calaña en su familia o en su trabajo. Un padre o un tío, un hermano o un primo, o un cretino que lo único que sabe hacer es imponer su autoridad por la fuerza. Por eso la serie se volvió inmensamente popular en los Estados Unidos. En el extranjero, principalmente en Europa y América del Sur, el éxito estuvo dado porque no veían el comportamiento de un personaje, sino el reflejo de la política exterior del gobierno norteamericano».
De repente, Dallas parecía no tener techo. CBS duplicó el presupuesto destinado a la serie y exigió centuplicar los conflictos pasionales entre los Ewing y el resto del mundo. No podría haber paz entre los personajes; y por sobre todos los disturbios debía reinar, generando pasiones y rechazos extremos, J.R. Aprovechando la volada, Jacobs insistió con su primer proyecto, Vecinos y amigos. Lorimar le dijo que sí. Con una sola condición: tenía que funcionar como desprendimiento de Dallas.
Sin dudarlo, Jacobs aceptó. Tomó a los recién llegados Gary y Valene y los mudó de Dallas a Los Ángeles, instalándolos en el ficticio barrio de Knots Landing. Por problemas de agenda, David Ackroyd abandonó la serie y el papel de Gary Ewing pasó a ser interpretado por Ted Shackelford. Vecinos y amigos (Knots Landing) debutó en CBS el 27 de diciembre de 1979. Y para que no quedaran dudas sobre la estrecha relación entre series, Lucy, Bobby y J.R. tuvieron participaciones especiales en la primera temporada.
«Rindió bien de entrada -confirmó Jacobs-. Por eso, elegí concentrar mis esfuerzos en esta nueva iniciativa e irme alejando paulatinamente de Dallas, que quedó en las sabias manos de Leonard Katzman. En mi fuero íntimo, sabía que los forzados verosímiles dramáticos de J.R. y Bobby ya habían sobrepasado su límite. Un paso más en esa dirección y la serie se iría al demonio. Y el público, definitivamente, nos daría la espalda». Estaba equivocado. Muy equivocado.
¿Quién le disparó a J.R.?
Con la desmesura como norte, Dallas se dedicó a correr permanentemente los límites de la credibilidad. Una y otra vez, Katzman redobló las apuestas narrativas, instaló los finales de temporada con un continuará de alto impacto y máxima tensión, manteniendo la fidelidad acrítica de sus fanatizados seguidores. La apoteosis llegó el 21 de marzo de 1980, en el último episodio de la tercera temporada. Mientras trabajaba de noche, sólo en su oficina, una ensombrecida figura se acerca a J.R. y le dispara. El cuerpo del magnate cae y queda tendido en el piso. ¿Sobrevive? ¿Muere? Nadie lo sabe. Y nadie lo sabrá durante los próximos ocho meses.
Con la frase «¿Quién le disparó a J.R.?», CBS viralizó la serie en una época en que la palabra viralizar no existía en el habla popular. Desde TV Guide hasta The New York Times, la prensa especializada y generalista reprodujo la famosa pregunta en sus portadas. En la TV, no quedó talk show, noticiero y late night show sin aventurar teorías conspirativas. En la calle, los negocios no paraban de despachar remeras y camperas con el texto impreso en distintos colores. En plena campaña electoral por la presidencia, los republicanos llamaban a votar por Ronald Reagan distribuyendo pines y prendedores asegurando que «Un Demócrata le disparó a J.R.», mientras Jimmy Carter se presentaba en Dallas al grito de «¡Vine hasta aquí para averiguar quién le disparó a J.R.!».
La locura no era sólo norteamericana. Invitado por la Corona británica para presenciar una carrera de caballos en el Hipódromo Real de Ascot, Hagman quedó cara a cara con la Reina Isabel II. «No podía creer lo que me estaba pasando -afirmó el actor-. De una manera muy cortés y educada, la Reina me preguntó ‘¿Quién le disparó?’. Me la quedé mirando y sólo atiné a decirle: ‘Lamento desilusionarla, Su Majestad, no puedo contestarle porque desconozco la respuesta».
Era cierto. Para evitar filtraciones, la producción había rodado la misma escena del disparo con cada uno de los personajes. «Literalmente, cualquiera podría haberle disparado a J.R. -declaró Linda Gray-. Hay tomas filmadas hasta con utileros, camarógrafos, sonidistas, iluminadores y maquilladores. Todo aquel que estaba en el set, terminó disparándole a J.R.». Por supuesto, no se trataba sólo de una jugada argumental, sino de una pulseada por el poder de Dallas entre los dos machos alfa del grupo: Hagman y Katzman.
«Pretendía un sueldo aún más grande que su ego -aseguró Katzman-. Estaba más que claro que no podíamos seguir sin J.R., pero estaba seguro que podríamos seguir sin Hagman. En una reunión, a solas, le mostré los dos guiones que estábamos evaluando. En el primero, J.R. se recuperaba lentamente y seguía con su vida, más malo que de costumbre. En el segundo, J.R. también se recuperaba lentamente y seguía con su vida, pero después de someterse a una cirugía estética que le cambiaba el rostro para que sus enemigos no lo reconocieran. Ahí le mostré la lista de diez actores de primer nivel que estaban dispuestos a hacerse cargo del personaje, por la mitad del salario que él estaba percibiendo».
Mientras J.R. se recuperaba lentamente y seguía con su vida, el 21 de noviembre de 1980 la verdad salió a la luz. Contra todos los pronósticos, que apuntaban a la culpabilidad de Sue Ellen, la asesina en potencia terminó siendo Kristin Shepard (Mary Crosby), hermana menor de Sue Ellen y amante de J.R., con quien esperaba un hijo que terminó abortando.
Con la saga de «¿Quién le disparó a J.R.?», Dallas tocó su pico histórico de popularidad. Según las mediciones de la época, solo en Estados Unidos, cerca del 80 % de los hogares siguieron la emisión de los episodios, sin contar el 98 % de hogares que sintonizaron los capítulos cuando se estrenaron a nivel internacional. Tamaña repercusión terminó influyendo hasta en Los Simpson, que le rindieron homenaje con el capítulo doble «¿Quién le disparó al Sr. Burns?» en 1995. «Es uno de los hitos creativos más importantes de la serie -reconoció Matt Groening, creador de la familia amarilla-. Yo tuve la idea de referenciar a Dallas, pero el mérito es del equipo de guionistas».
Mal sueño
Con la serie cómodamente instalada al tope del encendido estadounidense y Hagman ubicado en el lugar central de la trama, el ego del resto de los protagonistas empezó a generar fricciones con la producción. Harto de los recortes que había sufrido su personaje, Patrick Duffy no paraba de plantearle su descontento a Katzman. «No sé cuántas veces lo hizo, pero fueron demasiadas -aseguró el productor-. La última vez que se me acercó, me dijo que había tomado la decisión de irse. Lo felicité y yo mismo me puse a escribir el guion donde mataban a Bobby Ewing».
Para no dejar dudas en los espectadores y el elenco, el 17 de mayo de 1985, Bobby era arrollado por un auto en fuga y moría a causa de las severas heridas internas. En el capítulo siguiente, el clan Ewing acompañaba los restos mortales de Bobby hasta el cementerio y lo enterraban. Algo más tarde, Pamela ocupaba el lugar de Bobby en la empresa familiar y, al poco tiempo, se enamoraba y contraía matrimonio con un antiguo novio, Mark Graison (John Beck). Con pocos y certeros pasos, Katzman había logrado su objetivo: la tropa estaba ordenada, la franquicia estrenaba su primer telefilm, la precuela Dallas: The Early Years, el 23 de marzo de 1986, y ya nadie se acordaba de Bobby Ewing.
Nadie, excepto Patrick Duffy. «Coincidimos en una fiesta de la industria y me dijo que estaba interesado en volver -recordó Katzman-. Lo felicité y le ordené a los guionistas que resucitaran a Bobby Ewing». De nuevo, para evitar filtraciones, actores y técnicos trabajaron con un guion falso y sólo descubrieron la verdad en el momento exacto del rodaje. En la ficción, Pamela despierta en su cama matrimonial y siente correr el agua de la ducha. Se levanta despacio y va al baño. Abre la mampara de la bañadera y, para su sorpresa, encuentra a Bobby Ewing duchándose como si nada hubiera pasado.
Porque nada había pasado. En una de las vueltas de tuerca más cuestionadas de la serie, los guionistas establecieron que el año y medio anterior de capítulos solo había sido un sueño de Pamela. Un mal sueño, teniendo en cuenta las consecuencias que desató. Desde la emisión del episodio, el 16 de mayo de 1986, el rating empezó a descender. De a poco, de manera escalonada, el contrato de credibilidad entre la serie y sus seguidores empezó a resquebrajarse. La sangría, tan lenta como constante, no pudo revertirse ni siquiera con la incorporación de elementos geopolíticos contemporáneos, como la crisis internacional del precio del petróleo y la distensión de la Guerra Fría.
Para Jacobs, «el sueño fue un claro error; un gran recurso argumental, pero un error» con inesperadas consecuencias. «Creímos que podíamos hacer cualquier cosa y la gente nos puso el límite», sumó. Tras cinco años de lucha, la caída se volvió insostenible. CBS canceló la serie y Dallas se despidió el 3 de mayo de 1991, con 14 temporadas y 357 episodios. Fiel a su estilo, Katzman decidió cerrar la saga de los Ewing estirando aún más los límites y elaboró una audaz relectura del momento más icónico del programa. Atormentado por haber perdido la empresa familiar, un psicológicamente inestable J.R. se encierra en su habitación y apoya un revólver en su sien. Corte al exterior. Bobby llega a la mansión y escucha un disparo. Corre hasta el cuarto de J.R. y abre la puerta. El último fotograma congela el rostro desencajado de Bobby. La pregunta queda colgando en el aire: ¿Se había suicidado J.R.?
Durante los dos años siguientes, Vecinos y amigos prometió responder el dilema que, adrede, nunca esclareció. «Eso sí, a diferencia de su hermano mayor, Gary Ewing alcanzó el equilibrio personal, profesional y financiero que siempre había buscado», afirmó Jacobs. Pero esa tranquilidad no se tradujo en rating. El 13 de mayo de 1993, la serie cantó sus hurras después de 14 temporadas y 344 episodios.
Hijos del poder
En 1995, con Dallas canonizada en el gusto popular, una notable medición en las repeticiones y el homenaje de Los Simpson, Jacobs entendió que estaban dadas las condiciones para volver. Con Hagman y Duffy confirmados, CBS compró un par de especiales que retomaran la vieja rivalidad fraternal y, al mismo tiempo, sentaran las bases para una serie enfocada en las nuevas generaciones de Ewing y Barnes. «Sin abandonar el melodrama, exploraríamos la cultura corporativa de los hijos del poder -sentenció Jacobs-. Dejando en claro que J.R. nunca quiso suicidarse, sólo le había disparado a un espejo que le devolvía una imagen que lo atormentaba».
El 15 de noviembre de 1996, el telefilm Dallas: J.R. Returns arrancaba con la vuelta al terruño de J.R., dispuesto a quedarse con la empresa petrolera después de pasar cinco años recluido en Europa. El 7 y 9 de mayo de 1997, la miniserie de dos episodios Knots Landing: Back to the Cul-de-Sac desarmaba la estabilidad empresarial y matrimonial de Gary, dejándolo a punto de regresar al rancho Ewing. Y el 24 de abril de 1998, la película Dallas: War of the Ewing sellaba la victoria de J.R. y despachaba a Bobby a Europa.
Sin la chispa original, la trilogía no obtuvo los resultados esperados y CBS canceló el resto del proyecto. «Me pasé años intentando resucitar la licencia -contó Jacobs-, pero nadie parecía estar interesado». Hasta que TNT presentó una contrapropuesta, donde la brecha generacional se traducía en enfrentados modelos empresariales energéticos: el petróleo contra las energías renovables. Dallas se estrenó en la cadena de cable el 13 de junio de 2012, posicionándose como uno de los programas más vistos de la temporada.
Todo iba viento en popa, hasta que la muerte de Hagman desestabilizó por completo la producción. Enfermo de cáncer, el actor falleció el 23 de noviembre de 2012, durante las grabaciones de la segunda temporada. «Era el alma de la serie y no hubiera sido justo reemplazarlo -confió Jacobs-. Así que decidimos despedir a J.R. como él lo hubiera querido». En una habitación de hotel en México, J.R. recibía dos disparos y moría en el acto. Todo indicaba que el asesino había sido su antagonista histórico, Cliff Barnes, pero la verdad era otra. Atravesando un cáncer terminal y sabiendo que le quedaban pocos días de vida, J.R. se hizo asesinar por su guardaespaldas de máxima confianza, logrando inculpar a Barnes y garantizar así la supervivencia de la empresa Ewing.
A las apuradas, la serie se lanzó a construir al hijo de J.R. y Sue Ellen, John Ross Ewing III (interpretado por Josh Henderson) como nuevo malo carismático y hegemónico. No funcionó. El encendido cayó estrepitosamente y TNT decidió cancelar la serie. El 22 de septiembre de 2014, con tres temporadas y 40 episodios, Dallas se despidió por la puerta chica, algo que no merecía. «Al final, Katzman tenía razón -confirmó Jacobs-. Podíamos seguir sin Hackman, pero no podíamos seguir sin J.R.».
