Andrés Buhar, empresario, músico y gestor cultural, rememora su vínculo con el artista Carlos Alonso y el impacto de su obra en el público.
En la última gran exposición de Carlos Alonso en el Museo Nacional de Bellas Artes me pasó algo que nunca olvidé. Yo recorría la muestra con él y algunos de los guardias del museo pensaron que era su hijo. Entonces, cuando me veían solo, se acercaban a preguntarme por sus cuadros.
Me impresionaba escucharlos. Estaban fascinados, conmovidos, necesitaban hablar de lo que habían visto. Las imágenes del poder, de la violencia, del cuerpo los interpelaban directamente. Pasaban todos los días frente a esas obras y las obras seguían actuando sobre ellos.
Siempre digo que Carlos, además de un pintor inmenso, era un poeta. Sus obras eran metáforas visuales. Podían hablar del poder, de la violencia, del dolor o de la vulnerabilidad a partir de una imagen concreta, pero esa imagen inmediatamente se expandía y empezaba a hablar de algo mucho más profundo.
Ahí estaba, creo, su extraordinaria capacidad de comunicación. Su pintura era clara sin ser literal. No hacía falta conocer todas sus referencias ni saber la historia de cada cuadro para sentirse interpelado. Y al mismo tiempo nunca era panfletaria, porque la poesía abría la imagen y la llevaba más allá de aquello que representaba.
Quizás por eso aquellos guardias querían seguir hablando de los cuadros. Carlos no pintaba para transmitir una idea que uno pudiera comprender y dejar atrás. Sus imágenes nos obligaban a volver a mirar y, a través de ellas, a interrogarnos sobre la condición humana y sobre nosotros mismos.
Admiro su obra desde que era chico. Muchos años después tuve el privilegio de conocerlo, de compartir conversaciones y finalmente de quererlo.
Cuando pienso en Carlos, pienso en un artista inmenso. Pero, sobre todo, pienso en un pintor que fue poeta y que encontró en la pintura su manera de hablar del hombre.
Andrés Buhar es empresario, músico y gestor cultural, fundador y director general de ArtHaus.
