El 1° de julio de 1983, una embarcación que partió de Santa Fe hacia Helvecia quedó atrapada en un sector de aguas peligrosas del río Paraná. Los pasajeros lograron sortear la emergencia y alcanzar tierra firme a la mañana siguiente.
La noche del viernes 1° de julio de 1983, una lancha que había partido de la ciudad de Santa Fe con destino a Helvecia, con 44 pasajeros a bordo, entre ellos numerosos niños, quedó atrapada en una zona de aguas peligrosas del río Paraná. La embarcación fue arrastrada por una corriente y atravesó una emergencia que se prolongó durante horas antes de alcanzar la costa.
La nave pertenecía a la empresa Helvecia. Tenía capacidad estimada para 35 personas, pero en ese viaje transportaba 44. Entre los pasajeros se encontraban los hermanos Armando y Héctor Pereyra, productores agropecuarios de Saladero Cabal, que viajaban hacia sus establecimientos de la zona.
Al llegar al cruce de Los Cerrillos, la situación cambió. La navegación se desarrollaba de noche y, según el relato de los protagonistas, la embarcación ingresó en un sector de aguas revueltas que formaba una succión. El corte del río provocaba un embudo que comenzó a arrastrar la lancha fuera de su rumbo.
Durante varios minutos, el piloto intentó recuperar el control. Las referencias para orientarse eran escasas y la oscuridad dificultaba la maniobra. Los navegantes de la zona advirtieron posteriormente que pequeños bidones blancos de plástico, utilizados habitualmente como envases comerciales, habían sido colocados como señales improvisadas, aunque en medio de la noche resultaban prácticamente inútiles.
La corriente llevó a la embarcación unos 3.000 metros aguas abajo. El piloto buscó un lugar donde anclar, pero el entorno ofrecía barrancas, alambrados y montes cubiertos por el agua. En el interior crecía la angustia y el desconcierto. El frío se hacía sentir y buena parte de los pasajeros tenía la ropa mojada. El motor y el reflector constituían las principales herramientas para intentar encontrar una salida. La tensión aumentó cuando un pasajero que prestaba servicios en Agua y Energía advirtió la presencia del corte y alertó sobre el peligro.
Una maniobra decisiva al timón
Armando Pereyra tomó entonces una decisión que resultaría decisiva. Con la ayuda de otros pasajeros, arrebató el timón al conductor y logró colocar la embarcación de frente al corte. La maniobra permitió sortear el sector más peligroso mientras quienes se encontraban a bordo sacaban agua y se preparaban para resistir.
La odisea se prolongó durante unos veinte minutos. Después, la embarcación consiguió detenerse y sus ocupantes aguardaron hasta que comenzara a clarear para reconocer el lugar y buscar una vía segura hacia tierra firme.
La madrugada encontró a los pasajeros exhaustos. Habían permanecido durante horas en medio del río, expuestos al frío, la oscuridad y la incertidumbre. A medida que amanecía, comenzaron los traslados. Algunas personas fueron llevadas en embarcaciones menores y a remo hasta alcanzar tierra firme. Otros pescadores de la zona colaboraron durante la oscuridad, trasladando pasajeros hacia lugares seguros.
También intervino una embarcación a remos enviada por la policía, aunque, según el relato publicado entonces, llegó cuando la emergencia ya estaba encaminada y no pudo prestar la asistencia que se esperaba. Finalmente, los últimos pasajeros pudieron abandonar la lancha y pisar tierra firme.
El episodio dejó una mezcla de alivio e indignación. Los hermanos Pereyra cuestionaron las condiciones de navegación y la falta de señales adecuadas en un sector que ya había sido escenario de otros accidentes. Armando lo resumió con una frase que encerraba el malestar de aquella noche: quienes trabajaban con hacienda, sostuvo, tenían mejor trato para sus animales que el que habían recibido los pasajeros de la lancha.
El recuerdo de tragedias anteriores
La comparación no era casual. En la memoria de la zona todavía estaba presente la tragedia del Litoral, un antecedente que había dejado en evidencia los peligros de navegar por aquellos pasos del Paraná. La nueva odisea, aunque terminó sin víctimas fatales, volvió a poner el mismo problema sobre la mesa.
Los pasajeros sobrevivieron. La lancha pudo haber terminado convertida en noticia de otra naturaleza. Y aquella noche del 1° de julio quedó como un recordatorio de hasta qué punto, en los ríos del litoral, una travesía aparentemente rutinaria podía transformarse en cuestión de minutos en una lucha contra la corriente, la oscuridad y el miedo.
